En México se le echa limón a todo. En GIRE le echamos feminismo a todo. Es una forma de vivir y convivir, tan cotidiano como el limón.

Jacinda Ardern


Por Paco Cué

Ya es mundialmente reconocido (menos para López-Gatell, evidentemente) que muchos de los países que mejor han enfrentado la pandemia —y la crisis económica derivada de ella— coincidentemente son liderados por mujeres: Alemania, Finlandia, Taiwán, Dinamarca, Noruega, Nueva Zelanda, Islandia, etc.


Aún son muy pocas (menos de 10%) las naciones lideradas por una mujer como para poder establecer honestamente una relación de causa-efecto. Además, habría que valorar si no fueron justo otras características de esos países —altos niveles de desarrollo humano y democracias consolidadas—, las que permitieron que una mujer llegara al poder y las que mejor explicarían el éxito en el manejo de la pandemia.

Además, la población belga (¡yo sí me sé el gentilicio, Andrés Manuel!) seguro tendrá otra opinión, y sería injusto no reconocer el buen trabajo realizado por algunos líderes hombres (Corea del Sur, Japón, Uruguay) en la batalla contra la COVID. Sin embargo, echo toda la carne al asador y me atrevo a asegurar que, cuando llegue el momento de hacer el balance de la pandemia, descubriremos que entre los países con los mejores saldos aparecerán aquellos liderados por mujeres. Igualmente, entre los peor rankeados únicamente habrá países gobernados por hombres, bien acomodaditos en los últimos lugares según sus niveles de machismo, con Trump y Bolsonaro disputándose el sitio de “honor”. Hay una relación causa-efecto que no admite controversia: a mayor machismo, mayor imbecilidad.

“Imbecilidad” —en el contexto del combate a la pandemia— la entiendo como la incapacidad de reconocer errores y corregirlos; la negativa a seguir recomendaciones y de prepararse ante la incertidumbre; la imposibilidad de desarrollar empatía por los más desprotegidos y de tomar decisiones basadas en la mejor evidencia disponible; la resistencia a dejar de lado prejuicios y complejos personales, y para ceder el foco de atención a lo que verdaderamente importa en estos momentos de crisis.

Concedo que pueda resultar apresurado o intelectualmente deshonesto establecer anticipadamente una relación de causalidad entre el liderazgo político de las mujeres y los países que mejores cuentas presentan. Pero, sin duda, podemos obtener de ellas importantes lecciones para el manejo de una crisis y —como es el caso de Nueva Zelanda y su primera ministra— lecciones en contra del machismo.

¡Subámonos al tren de la Jacindamanía!

Nueva Zelanda, lejana tierra de kiwis, allá a donde fuimos a jugar en 2013 el vergonzoso repechaje para calificar a la Copa Mundial de Fútbol varonil en Brasil, solía ser especialmente famosa por haber servido de locación para la filmación de El Señor de los Anillos… hasta que Jacinda Ardern se convirtió en la tercera mujer en asumir el cargo de Primera Ministra del archipiélago.

Hija de un policía y una empleada de un comedor social, renunció al mormonismo por la posición que guarda la religión en contra de los homosexuales. A sus 37 años decidió competir para el cargo que hoy ocupa (la mujer más joven en hacerlo), y no dudó en calificar como “totalmente inaceptable” que le preguntaran en campaña si deseaba tener hijos en caso de ser electa como Primera Ministra.

Algunos (hombres, obviamente) la han llamado la “dama de acero”, en clara alusión a la poderosa e influyente “dama de hierro” que dirigió en los 80 el Reino Unido al que Nueva Zelanda está histórica y políticamente vinculada. Pero, a diferencia de la Thatcher, que se ufanaba (meritoriamente) de haber triunfado en un mundo dominado por hombres, Jacinda ha conquistado a neozelandeses y extraños liderando a su nación con un estilo muy singular, sin la más mínima intención de emular el estereotipo del “macho alfa” que muchos hombres anhelan, obteniendo resultados tremendamente exitosos y provocando el asombro mundial.

Desde el comienzo de la pandemia, en Nueva Zelanda se fijaron el objetivo de eliminar el virus. Eliminarlo, no “aplanar la curva”, pues la mayor preocupación del gobierno siempre ha sido la salud de las y los neozelandeses. Nunca llamaron “gripecita” a la COVID, ni les preocupó que el país fuera calificado como “exagerado”. Resultados: sólo cuatro semanas de confinamiento estricto, relajamiento de las medidas desde el 29 de abril, ni un solo caso activo a comienzos de mayo.

Me dirán que es una isla, y que es más fácil controlar las fronteras para que no entre el virus”. Sin duda no tener una frontera terrestre ayuda, pero también el Reino Unido está aislado, y son la nación con mayor número de decesos de Europa. Pienso que la principal diferencia radica en que Boris Johnson sí se refirió al nuevo coronavirus como un “resfriado”.

Semanas después de haber declarado el país “libre de COVID”, Nueva Zelanda registró dos nuevos casos el 16 de junio. La respuesta de Jacinda fue contundente:

“Este caso representa una falla inaceptable del sistema. Nunca debió haber sucedido y no puede repetirse”. ¿No hay excusas? ¿Quién te crees que eres, Nueva Zelanda? ¿Suecia? (Por cierto, Suecia —dirigido por un hombre— tiene mucho peores cifras de contagios y decesos por COVID que sus vecinas Finlandia, Dinamarca y Noruega, lideradas por mujeres).

Basta darse una vuelta en Twitter para constatar cómo en todo el mundo se reconoce la extraordinaria pericia con la que Jacinda ha manejado la crisis por la pandemia, pero no es la primera vez. El 15 de marzo de 2019, Nueva Zelanda sufrió el peor atentado terrorista de su historia, en la que un supremacista blanco atacó dos mezquitas en Christchurch, dejando 51 muertos y 49 heridos de la comunidad musulmana.

¿La respuesta de Jacinda? Endurecer la venta de armas y prohibir en tiempo récord aquellas de alto poder de fuego como las utilizadas por el terrorista; visitar personalmente a sobrevivientes y familiares de las víctimas al día siguiente del atentado, vistiendo un hiyab, y transmitir con contundencia los mensajes “ellos son nosotros” y “este es su hogar” en referencia a la población musulmana de la isla.

Cierro con una pequeña reflexión, y parafraseando la cita atribuida a Porfirio Díaz: pobre Andrés, tan cerca de Trump y tan lejos de Jacinda.

 

Por Paco Cué, @PacoCue 

Paco es politólogo por la UNAM. Le cuesta diferenciar de qué puede reírse y de qué no. Se siente muy orgulloso de formar parte del equipo de GIRE.


16 julio 2020


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