¿Feminista y casada? Sí, acepto
Banner del blog “¿Feminista y casada? Sí, acepto”. Contiene la ilustración de una mujer que usa un vestido de novia y que sostiene un ramo de flores.

¿Feminista y casada? Sí, acepto

Por Vane Romero

¿Recuerdas la primera vez que alguien te preguntó: “¿Tú te quieres casar?”

Estoy segura de que si esa pregunta nos la hicieron en nuestra niñez la respuesta inmediata fue “sí”, pues era lo que teníamos normalizado que algún día pasaría. Sin embargo, si esa pregunta se repitió en nuestra adolescencia, o mejor aún, cuando entrábamos en el feminismo, para mí —como para muchas— el matrimonio era un rotundo no, una pérdida de tiempo. ¿Cómo por qué buscar vivir “para siempre” con un hombre?

Por muchos años, nos inyectaron la idea de que nuestro principal objetivo como mujeres era encontrar al hombre de nuestra vida y que entonces anhelaríamos casarnos. Con el paso del tiempo, y gracias a las luchas feministas, se abrieron nuevas posibilidades y nuestros objetivos comenzaron a transformarse. Muy lejos ya de soñar con el vestido blanco, el velo cubriéndonos el rostro o con un hombre esperándonos en el altar, el movimiento nos invitó a cuestionar aquellas instituciones que históricamente nos empujaron hacia la sumisión dentro de un sistema androcentrista y misógino. Y entre todas ellas aparecía una, tan idealizada como incómoda: el matrimonio.

Hasta hace un tiempo, yo no había entrado en dilema con el matrimonio, de hecho tenía claro mi “no”; sin embargo, ocurrió un pequeño plow twist en mi historia…

Hace un par de años entró una persona a mi vida, y sin tener la intención de casarme empecé una relación; con el paso de los meses el matrimonio sonaba a una idea no tan mala, y poco a poco el matrimonio pasaba de “una idea no tan mala” a una “buena idea”. Finalmente tomé la decisión de casarme y, cuando llegó esa noticia en medio de opiniones, advertencias y más de un “no te cases”, una pregunta comenzó a rondar mi cabeza: ¿casarme me hace menos feminista?

Buscando respuestas, el feminismo me enseñó algo mucho más incómodo y, al mismo tiempo, profundamente liberador. Por un lado, me recordó que el matrimonio ha sido cuestionado como una institución históricamente ligada al control sobre la vida, la sexualidad y el trabajo doméstico de las mujeres; durante siglos fue menos un pacto entre iguales y más un contrato social que consolidaba roles de género. 

Pero también apareció otra posibilidad: ¿qué sucede cuando el matrimonio deja de ser una meta obligatoria y se convierte en una decisión consciente? Pensarlo desde el feminismo, desde una mirada de justicia y derechos, nos permite reconocer nuevas formas de entender esta institución. No, casarte no te hace menos feminista ni te convierte automáticamente en una trad wife; más bien, podría ayudarte a apropiarte de lugares en los que tú decides y quieres habitar.

Y sí, también es verdad que el matrimonio no es para todes; el matrimonio es para quien lo quiere y, si tú lo quieres, habítalo. Habítalo desde el amor, desde el respeto y ponle mucho feminismo. Dejemos de verlo como un símbolo “sagrado”, que por muchos años nos enseñaron, y empecemos a pensarlo como una decisión consciente: un compromiso elegido y un proyecto compartido, donde tu feminismo no se apaga sino que encuentra nuevas formas de crecer.

Y como ya es costumbre en mí, continué con mi infinita ronda de overthinking y llegaron un par de preguntas más… ¿En qué momento el matrimonio dejó de ser un sueño y se volvió una sospecha?

Pues sí, el matrimonio dejó de ser un sueño cuando empezamos a mirarlo con preguntas y no solo con ilusión, cuando entendimos que aquello que nos vendieron como destino inevitable también tenía historia, reglas y muuuuuchas desigualdades.

Se volvió una sospecha en el momento en que descubrimos que diversas mujeres antes que nosotras habían tenido que renunciar a partes de sí mismas para sostenerlo, cuando el “vivieron felices para siempre” empezó a sonar más a mandato social que a elección libre, y entonces era un fenómeno del cual, en lugar de anhelar, queríamos huir… ¿Y cómo no?

La siguiente pregunta fue: ¿qué cambió realmente, mi idea del matrimonio o mi forma de habitarlo? Durante mucho tiempo lo imaginé como una estructura rígida, con roles ya escritos y expectativas heredadas que parecían incompatibles con mi autonomía. Pero con el tiempo entendí que el matrimonio no es una esencia fija, sino un espacio que se construye día a día. No es que deje de cuestionarlo o que vaya por la vida diciéndole a todo mundo “cásate”, sino que empecé a imaginar cómo sería vivirlo desde otros acuerdos, desde la igualdad, desde la negociación constante y desde la libertad de seguir siendo quien soy. 

Así que, si estás pensando en casarte, ya estás casada o te encuentras en ese proceso, recuerda esto: el matrimonio no te aleja de la causa, casarte NO TE HACE MENOS FEMINISTA. 

memegenerator.es
Lo importante es seguir fortaleciendo la herencia de libertad que nos dejaron nuestras ancestras y atrevernos a romper los paradigmas tradicionales. Si tú decidiste embarcarte en el matrimonio, resignifiquemos ese espacio, hagámoslo con diversidad, elección y autonomía compartida; cuestionemos la idea de una única forma de familia y construyamos nuevas maneras de vivirla. 

No se trata de “convertirse en esposa”, sino de seguir siendo una misma dentro de un vínculo elegido. El objetivo del feminismo no fue decirnos qué rechazar, sino darnos la libertad de decidir y, desde ese lugar, resignifiquemos las instituciones y hagámoslas nuestras.

 

Autora

Fotografía de Vane. Ella es una mujer joven que posa sonriente bajo una puerta de madera en un jardín.

Vane (@s_r.vann) es una politóloga que no sabe quedarse callada. Ama el café, cuestiona lo establecido y persigue el chisme… siempre con elegancia. 

¿Te gustó este artículo? Ayúdanos a compartir