Conforme escribo estas líneas, mi mente no deja de rumiar sobre el tema de los cuidados, repasando sus diferentes ámbitos, alcances y poblaciones. Si bien este derecho fue reconocido recientemente por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en agosto de 2025, mediante la Opinión Consultiva OC-31/25, esto no desdibuja el largo camino de lucha que impulsó su reconocimiento, para protegerlo y exigir su justiciabilidad.
Y es que, aunque el gobierno, la sociedad y la misma inercia de la vida parezcan querer invisibilizarlo, el cuidado atraviesa a la mayoría de las personas en alguna etapa de su vida: desde la infancia hasta la vejez; también involucra a personas con discapacidad o enfermedad e incluye a otros seres vivos, como los animales de compañía. En este texto, sin restar importancia a los otros ámbitos o poblaciones, me centraré en los cuidados de las infancias, porque en este momento de mi vida es, extrañamente, el ámbito con el que tengo más cercanía. Permítanme explicarme.
No recuerdo el momento en que decidí no tener hijxs, pero sí recuerdo que nunca fue una prioridad. Afortunadamente para mí, aunque un infortunio a los ojos de la sociedad, fui cuidada por una madre autónoma, lo cual me permitió presenciar de cerca lo complicado y agotador que es no alcanzar el estereotipo rígido de una maternidad romanizada. Atribuyo a esto que la idea de tener hijxs nunca cobrara relevancia para mí.

Si bien esta decisión es compartida con más personas, no es el camino que se suele plantear. No estoy descubriendo el hilo negro al decir que, desde muy pequeñas, a los cuerpos feminizados se nos asigna el rol de cuidar a través de los juegos y juguetes: muñecos en forma de bebé, accesorios y triques para jugar a la “casita”; o de manera directa, cuando hay niñas o niños menores, se nos pide estar al pendiente de ellxs. Todas estas acciones y mandatos sociales nos encaminan hacia la expectativa de la sociedad patriarcal para una niña: llegar a ser madre.
Y no me malentiendan, defiendo y apoyo las maternidades y paternidades deseadas; lo que hay que cuestionar son las maternidades impuestas y obligatorias. Hablo de maternidades y no de paternidades porque la sociedad tiene muy arraigada la idea de que el embarazo y la crianza son, en mayor medida, responsabilidad y culpa de las personas gestantes, llámese mujeres, adolescentes o, en el peor de los casos, las niñas.
Volviendo al tema, la decisión de no tener hijxs es cada vez más común y los datos apuntan a esa dirección: según la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI, el descenso ha sido notable. Aunque este dato no explica por sí solo las razones de cada persona, sí muestra que cada vez más personas replantean la maternidad y paternidad como un camino obligado. Esto hace más difícil compartir espacios con infancias, lo que se traduce en la escasa o nula experiencia para cuidarlas. Pese a ello, y aunque haya decidido no tener hijxs, esto no me exime ni me impide participar en la crianza y el acompañamiento a las amistades que decidieron sí tenerlxs.
Mi disposición a acompañar surge de la vivencia y de experiencias que he escuchado de quienes han atravesado la maternidad en solitario, ya sea por no poder conciliar tiempo y espacios con las personas que integran sus redes de cuidado, o por barreras u omisiones del Estado, que desplazan los cuidados a espacios individuales, haciendo recaer toda la responsabilidad y carga en las madres.
Esta soledad tiene dos capas. La primera es social: en algunos casos la maternidad es impuesta, pues no se permite a la persona gestante decidir si desea continuar o no con el embarazo, y a ello se suman los roles y estereotipos de la madre perfecta que, además de cuidar 24/7 a un recién nacido, debe encontrar tiempo para realizar trabajo remunerado y otros trabajos de cuidados, como lavar trastes y ropa, barrer, trapear y cocinar; además de dormir, no perder la paciencia, no sentirse frustrada, no cuestionar y, sobretodo, anteponer el bienestar de sus hijxs frente al propio.
La segunda capa es institucional. Aunado a esta presión social, el sistema de seguridad social en México continúa sin establecer ni fortalecer mecanismos para que las parejas (sí es que las hay) participen de manera más equitativa durante el embarazo y posparto: licencias de paternidad más largas, estancias infantiles suficientes, de calidad, asequibles o gratuitas y con horarios extendidos, para trabajadoras y trabajadores con contratos de cualquier tipo y en la informalidad. O tan solo, y llámenme radical si así lo consideran, garantizar que existan cambiadores de bebés en los baños de hombres. Estas acciones y omisiones refuerzan la premisa de que los cuidados son solo feminizados.
Para entender cómo llegamos a esta distribución tan desigual conviene mirar atrás. Silvia Federici identificó en el Calibán y la bruja, a partir de su investigación sobre la sociedad europea de los siglos XV al XVII, un cambio de paradigma en la transición del feudalismo al capitalismo: con la privatización de tierras comunales y la expansión del trabajo asalariado, el trabajo de cuidados, antes comunitario, se volvió individualizado y se atribuyó a las mujeres por medio de su naturalización, es decir, se instauró la idea de que las mujeres, solo por serlo, nacían con una vocación o destino natural para cuidar.
Esta reconfiguración social y económica permitió a la clase capitalista en auge que sus trabajadores destinaran su tiempo y fuerza de trabajo a generar plusvalía en su beneficio, mientras que los cuerpos feminizados absorbían gratuitamente el trabajo de cuidados, convirtiéndose en la base de la pirámide que sigue sosteniendo a las clases más enriquecidas.
Estos roles también se establecieron en América Latina, donde se entrelazan con otras formas de desigualdad como la pigmentocracia, la clase social, la discapacidad, la orientación sexual e identidad de género y la edad, de modo que el peso de los cuidados no recae por igual. Estas desigualdades se siguen perpetuando y romperlas suele vivirse como una lucha individual, cuando también puede ser colectiva. Por eso, vuelvo al meollo de este texto: los cuidados deberían ser colectivos.
En este ir y venir de pensamientos y recuerdos, me remonto a dos experiencias en las que esta idea se vuelve más tangible. Hace unos cuantos meses acudí al área de urgencias de un hospital y vi cómo ahí se conforman redes de cuidados emergentes y sin experiencia previa: la emergencia médica que nos llevaba a estar ahí era la misma circunstancia que exponía nuestra fragilidad y nos permitía empatizar con emociones similares entre pacientes y acompañantes.
Vi cómo todxs estábamos al tanto de la atención oportuna de quienes llegaban en estado crítico, cómo dos extraños se daban palabras de ánimo y cómo una desconocida peinaba a otra persona, con una muñeca rota, a quien acababa de conocer. Porque los cuidados, además de ser actos de servicio y apoyo, también son actos de compasión y ternura.
El otro caso ocurrió hace unas semanas cuando fui con mis amigas al tianguis (a pensar cosas) y una de ellas llevó a su bebé. Me pareció increíble cómo, entre las personas ahí presentes, nos organizamos de manera ordenada y sin palabras en torno a su cuidado. Si mi amiga quería chacharear, podía confiar en que alguien cargaría al bebé o estaría al tanto de sus necesidades. Ahí está lo bondadoso del cuidado colectivo: permite que las y los cuidadores descansen un momento del estado de alerta y la carga mental que llevan, mientras otras personas, su red de cuidados, están al pendiente de las criaturas. Además, genera espacios de convivencia intergeneracionales y entornos de aprendizaje y experiencia para el cuidado de infancias.
Para cerrar estas ideas, queda señalar que garantizar el derecho al cuidado no puede recaer solo en las personas, sino también en el Estado. Hoy, con el diseño del Sistema Nacional de Cuidados en marcha, es necesario exigir que no se reproduzca la lógica de individualizar y feminizar los cuidados, y que reconozca que cuidar en comunidad es posible.
Para quienes cuidan y por que este trabajo sea colectivo.

Claudia León (@claudiaporende) es procuradora de día y tejedora de noche (con buena iluminación). Siempre interesada en descubrir espacios, personas y prácticas que cuestionen e incomoden las estructuras convencionales.