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¿No podías caer con más gracia, patriarcado?


Por Paco Cué

Cuando discutía las razones del triunfo de Donald Trump en el 2016, estuve renuente a admitir que la derrota de Hillary bien podía explicarse por la persistencia de una misoginia generalizada entre amplios sectores de la población norteamericana. Es decir, que los demócratas habían perdido la elección principalmente porque la mayoría no estaba dispuesta a tener a una mujer como presidenta de los Estados Unidos. My bad!

 

Conversando con mis colegas limoneras sobre los recientes acontecimientos políticos en Estados Unidos, me invitaron a ver con gafas feministas cómo el asalto al Capitolio perpetrado por las huestes trumpistas —mayoritariamente hombres blancos— fue una aterradora manifestación más de un machismo recalcitrante y violento que se niega a desaparecer. 

WASHINGTON, DC – 6 DE ENERO: Los manifestantes pro-Trump se reúnen frente al edificio del Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 en Washington, DC.  (Foto de Jon Cherry / Getty Images)

Gracias a esas gafas feministas logré entender por qué los hombres blancos de la clase trabajadora en Estados Unidos, que hasta entonces votaban consistente y uniformemente por el Partido Demócrata —defensor de sus empleos, los sindicatos y su seguridad social— súbitamente comenzaron a votar por un Partido Republicano que tradicionalmente ha representado a las élites, recortando los impuestos a los más ricos e impulsando reformas en contra de los derechos y prestaciones de la clase trabajadora y de los menos favorecidos. ¡Todo para mantener el patriarcado status quo!

Descubrí cómo, desde la campaña de Richard Nixon en 1968, el Partido Republicano intenta convencer al electorado de que el ejercicio de la Presidencia es un “asunto de hombres” (blancos, por supuesto), pues solamente un “macho” podría imponer efectivamente la ley y meter en orden a los afroamericanos que luchaban por sus derechos civiles; a la comunidad LGBT que peleaba en contra de la discriminación; y a las mujeres que estaban reivindicando su papel como personas merecedoras de los mismos derechos y oportunidades que los hombres.

Por eso postularon y aún idolatran a Ronald Reagan, un mediocre actor que personificaba a un macho disfrazado de sheriff en películas del oeste, pues era el único lo “suficientemente hombre” para hacer frente a la amenaza comunista, obviando que siempre perteneció a la élite hollywoodense de California cuyo liberalismo tanto dicen despreciar.

Por eso eligieron y re-eligieron a George W. Bush, un típico “macho texano” obtuso y de rudos modales que se disfrazaba de vaquero en su rancho, pues sólo él defendería masculinamente a su país de la amenaza terrorista mundial, aterrizando por sí mismo un avión de la Armada en un portaviones situado en el Golfo Pérsico, olvidando que se trataba del mismo personaje que utilizó las influencias personales de papi para evitar ser enviado a la guerra en Vietnam.

Reagan y Bush

Aprendí que desde hace más de 50 años los republicanos impulsan la idea de un “macho” blanco, fuerte y obstinado, en contra de un Partido Demócrata “afeminado, tibio y marica” que desde entonces ha abrazado las causas de las mujeres, de las poblaciones afroamericanas y latinas, así como de la comunidad gay.

Comprendí que la estrategia propagandística del Partido Republicano consiste en señalar la “fortaleza” de sus candidatos, al tiempo que ridiculizan la masculinidad de los demócratas incapaces de mantenerse masculinamente firmes a la hora de imponer la ley y el orden. Por eso defienden la pena de muerte, están en contra del aborto y defienden su derecho a la homofobia.

Y —sobre todo— entendí el fenómeno Donald Trump. ¿Cómo un playboy millonario de Nueva York, heredero de una fortuna, educado en las mejores universidades del país, casado por tercera vez con una extranjera —a quien engañó con una actriz porno— obtuvo el respaldo mayoritario de los hombres blancos, mayoritariamente evangélicos y conservadores? Siendo un macho.

El creador de Miss Universo, que se subía a un cuadrilátero de la lucha libre, incapaz de expresar una sola oración que no fuera misógina y/o racista, proyectó eficientemente la imagen del “macho en jefe”. Consolidó la noción del Partido Republicano como el hogar del hombre blanco, masculino, amante de las armas, proveedor del hogar.

 

Al igual que sus antecesores republicanos, fingió en campaña ser el tipo rudo que detendría a los mexicanos violadores que inmigraban a su país. Humilló la masculinidad de sus contrincantes para hacerse de la candidatura y les puso apodos para minimizarlos. Logró repetir nuevamente la falsa narrativa de una disyuntiva sin fundamentos: el “macho fuerte” versus las mujeres y afeminados débiles. Contra Hillary condujo una campaña abiertamente misógina. La acosaba físicamente en los debates; cuestionaba su energía, capacidad y fortaleza sólo por ser mujer.

Dejó de sorprenderme, por tanto, que la imagen con la que terminaba la Presidencia de Donald fuera la de un tipo disfrazado de vikingo asaltando la tribuna del Senado, a quien su mamá tuvo que defender posteriormente pues al supermacho no le estaban alimentando con productos orgánicos en prisión.

Las imágenes del asalto al Capitolio son perturbadoras, aterradoras para la democracia más antigua del mundo, pero las gafas feministas que me prestaron mis colegas limoneras ahora me permiten dimensionar la magnitud del triunfo de Joe Biden y —especialmente— de Kamala Harris. Una mayoría de electores votó en contra del supermacho.

Ya con gafas feministas, mis ojos de politólogo fueron capaces de comprender que el desgraciado comienzo y el trágico final de la Presidencia de Donald Trump tan sólo fueron consecuencia de una muy bien orquestada campaña de reivindicación de la masculinidad blanca para mantener su hegemonía, y que las imágenes del asalto al Capitolio tan sólo significaron ridículas “patadas de ahogado” de un patriarcado que se derrumba de una manera especialmente patética.

Solamente me queda una duda: ¿No podías caer con más gracia, patriarcado?

Por Paco Cué, @PacoCue 

Paco es politólogo por la UNAM. Le cuesta diferenciar de qué puede reírse y de qué no. Es parte del equipo de GIRE.

 


25 febrero 2021


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