Pensando en e, x, @ y etc.
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Pensando en e, x, @ y etc.


Por Mariana Roca

Vaya tema del que elegí escribir en esta ocasión. Valga decir que lo que sigue no refleja una postura personal (y mucho menos institucional) sobre el tema. Se trata de una honesta reflexión al respecto.

Por un lado, estoy convencida (como muchas personas) de que lo que no se nombra no existe. Por eso es importante reconocer los vicios en el lenguaje que han permitido la invisibilidad de más de 50% de la población en el mundo, sobre todo en los idiomas en que los sustantivos y adjetivos se flexionan —es decir, tienen un masculino y un femenino—.

Existen esfuerzos en diversos frentes. Por ejemplo, con la reforma de 2011 a la Constitución mexicana, se cambió la palabra “individuo” por “persona”, haciendo de nuestra constitución un texto más incluyente. Asimismo, en 2018, la vicepresidenta del Gobierno y ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad en España, Carmen Calvo Poyato, encargó a la RAE un estudio sobre la adecuación de su Constitución a un lenguaje incluyente y más cercano a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres. Por el contrario, en 2002, la Academie française se pronunció en contra de la feminización generalizada de oficios, profesiones, cargos, títulos… ante la disposición del gobierno de utilizar términos como sénateur/sénatrice, président/présidente y donde, en la actualidad, reine sigue siendo la esposa del rey.

Así, podemos afirmar que donde sustantivos y adjetivos flexionen, habrá que flexionar. Pero, también hay que evitar el abuso, pues podría convertirse en un nuevo vicio que le quite toda coherencia a un texto. Cuando todo flexiona, llega un punto en que nadie sabe de qué estábamos hablando. A eso se refiere la dichosa “economía del lenguaje”: buscar la forma más concisa de transmitir un mensaje ayuda a que éste se comprenda mejor. Según Pedro Álvarez de Miranda (uno de los varones de la RAE), si un adjetivo presenta variación de género, se deberá elegir uno, el que sea.

En busca de esta economía, se ha usado ya por años una barra (todos/as), una x (todxs) o una arroba (tod@s) para incluir a “todes les lectores”. Me inclino más por usar esta última e, ¡porque al menos puedo leerlo en voz alta! Deténgase aquí y pronuncie todos-barra-as, todcs y todarrobas. Entiendo la intención, pero ¿estamos dispuestas a renunciar a la oralidad para siempre?

Incluso esta e tiene sus bemoles: lolos y lalas tienen ese problemita del masculino y femenino que ya conocemos. Pero le y les se utilizan como complemento indirecto, es decir:

Le pedí ayuda a mi amiga. Le dije al niño que se siente. Les invité pizzas a mis hermanas.

Es cierto que en algunos círculos es común usar le en vez de lo al referirse a una persona (masculino):

-¿Vas a hablar con Fulanini?

-Sí, le veré por la tarde.

Pero yo al menos no he logrado interiorizarlo y sigo esperando que me aclaren qué le verán a Fulanini…

Dicen los “machos que se creen dueños de la lengua” que el masculino es el “género no marcado”. ¡Claro que no! Es el dominante, el elegido por quienes tienen el poder de elegir. Y no, señores, quienes no nos identificamos como varón no estamos haciendo drama. Estamos buscando ser nombrades. Con el uso del masculino como genérico se repite la historia: la versión oficial es la del opresor, la del que ganó.

Afortunadamente, el lenguaje no es un ente fijo e inmodificable. Sabemos que nuevas palabras entran a los diccionarios mientras otras caen en desuso o adquieren nuevos significados. Por ejemplo, en el pasado jueza, doctora o presidenta se referían a las esposas del juez, doctor y presidente. Hoy, sabemos que se refieren a mujeres con determinada profesión que cuentan con un título o un puesto y las capacidades para desempeñarlo, sin importar si se casaron y con quién. Algunos de estos términos se han empleado de manera peyorativa en el pasado, pero depende de nosotras modificar su connotación y apropiarnos de ellos para que signifiquen lo que deseamos. También, existen algunos sustantivos femeninos que han caído en desuso, como amanta, infanta, cantanta, delincuenta, e incluso jóvena. Muchos de ellos empleados con intenciones cómicas en obras literarias desde el siglo XVI y hasta el XIX. Podríamos apropiarnos de ellos y emplearlos con la connotación que nosotras necesitamos. Sólo por poner un ejemplo: de acuerdo con el Esbozo de la nueva gramática de la lengua española (1973) se valdría decir pacienta, no para referirse a una enferma, sino a alguien paciente. Sin embargo, a muchas de nosotras nos han llamado “pacientita” es ciertos servicios de salud.

De acuerdo con Álvarez de Miranda, muchos sustantivos tuvieron ocasión de flexionar, y al final no lo lograron, como adolescente, agente, concursante, contrayente, dibujante, donante, invidente, residente, simpatizante, votante, entre muchos otros.[1] Empezará por sonar un poquito raro, pero toca hacer el ejercicio de flexionar. Eso, sin exagerar, no digamos portavoza, ¡por favor!

Aprovechemos esos ejemplos que la “autoridad” ya aclaró: la médico, la director, la tesorero, la profesor, la maestro son formas incorrectas[2]… Igualmente, si la palabra se refiere a una disciplina, podemos apropiarnos de ella para referirnos a una persona: la química, la física, la música

Siguiendo a Álvarez de Miranda, en la actualidad no existen las antiguas barreras para que una mujer forme parte del ejército. En muchos casos el femenino de soldado, teniente, cabo, etc., se consiguen con el artículo la. Sin embargo, al ojear la definición de sargenta en el Diccionario de la Lengua Española encontramos: “mujer corpulenta, hombruna y de dura condición; mujer autoritaria, y mujer del sargento”. ¡¿En serio?!

Dice Rosa Montero: “Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es”. Algunos consideran ingenuo querer cambiar el lenguaje para ver si así cambia la sociedad. Con seguridad son los mismos que en otro tiempo habrían considerado imposible el voto para las mujeres, su acceso a la educación superior o que administraran sus propios bienes. Nosotras sabemos que la lucha es una, pero las batallas son diversas: cambiar la forma de pensar respecto al binarismo sexual, modificar legislaciones, transformar el lenguaje…

Queda mucho por decir, mucho por reflexionar y por debatir. Está claro que necesitamos que el lenguaje deje de invisibilizar a las mujeres, pero también tenemos pendientes las soluciones respecto a las personas no binarias, el uso de lenguaje de señas y braille para la inclusión de personas con discapacidades visuales o auditivas y de idiomas indígenas en países como México donde existe un número importante de ciudadanos cuya lengua materna no es el español.

Artículo escrito por Mariana Roca C. (@MarianaRocaC) 

Mariana escribe y traduce. Su primer amor es la literatura, aunque todos los días la seducen los derechos humanos. En GIRE es investigadora y editora.

[1] Álvarez de Miranda, Pedro, El género y la lengua. Turner libros, España (2018), p. 61.

[2] Nuevo diccionario de dudas (2011).


2 julio 2020


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