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Reproducción asistida: una carrera de resistencia


Por Verónica Esparza

En el 2005 comenzó el recorrido por distintas clínicas. Antes de iniciar el primer tratamiento de fertilidad fue necesario hacer múltiples pruebas y análisis, con lo que esto implicaba: permisos en el trabajo y destinar buena parte de la quincena para pagarlos. La primera noticia fue “tienes un mioma —tumor benigno en el útero— que disminuye las posibilidades de embarazo, hay que operar y en seis meses nos volvemos a ver”.

Después de esos meses mi cuerpo estaba preparado para realizar la primera inseminación artificial. Este primer intento vino acompañado con la noticia de que eran bajas las posibilidades de lograr un resultado positivo, aun así, esperamos optimistas para hacer la prueba de sangre y, horas más tarde, recibir la llamada del doctor. Resultado: NEGATIVA. Hay que hacer más estudios. 

Segunda inseminación artificial, otra vez negativa. Tercer intento, negativa. “Relájate y verás que llega”, se volvió un mensaje constante que, aunque bienintencionado, se convirtió en un lastre que además me hacía sentir responsable de no lograr embarazarme, porque no estaba relajada. Esta y otras frases de apoyo lejos de ayudar aumentaron el estrés y la culpa que forman parte del proceso. El esfuerzo por estar tranquila y siempre optimista no fue suficiente y tuvimos que hacer la primera fertilización in vitro (procedimiento en el que se hace la unión de un óvulo y un espermatozoide, en un laboratorio, para después transferir el o los embriones al interior del útero).

 

Dichos mensajes —reitero, bien intencionados— hicieron que decidiéramos transitar estos futuros tratamientos de manera más discreta, para evitar el estrés derivado de preguntas y demandas de información. ¿Cuántos intentos piensan hacer? ¿Qué probabilidades tienen? Y una larga lista de preguntas que tuvimos que responder. En esos momentos sólo quería sentirme acompañada, escuchada.  Mi esposo fue un gran compañero en estos procesos.

Al estrés que acompaña la parte médica había que sumarle la parte económica. Ningún seguro médico privado cubre los costos de tratamientos de reproducción asistida en México. Así que fuimos afortunados y privilegiados por tener un trabajo que nos permitió cubrirlos en clínicas privadas. 

Si bien hay quienes prefieren saber lo menos posible sobre los procedimientos, en mi caso busqué en Google información sobre estadísticas, efectos secundarios, costos, etc. Hacer esta búsqueda me daba una sensación de control. Me registré en foros de internet de mujeres que pasaban por el mismo proceso. Al principio sólo las leía y me daba tranquilidad saber que no era la única. Después me animé a compartir en esos espacios mis emociones: ilusión, decepción, enojo. Nunca había compartido tanto con personas desconocidas, pero con quienes sentía afinidad y empatía.

 

 

A medida que iba superando las distintas fases del proceso se mantenía la tensión emocional. Era como estar en una montaña rusa de emociones. Hay un periodo que transcurre desde la transferencia del o los embriones al útero hasta la prueba de embarazo —dos semanas— en el que no hay visitas a la clínica, solamente hay que esperar el resultado de la prueba de embarazo. En esa larga espera me metía a esos foros de mujeres en internet que también estaban en beta espera para leer y compartir emociones, sentimientos y síntomas. 

Resultado del primer in vitro: POSITIVO. Una emoción de felicidad efímera. Primer ultrasonido, embarazo anembrionario —ocurre cuando un embrión nunca se desarrolla o deja de desarrollarse, es reabsorbido y deja un saco gestacional vacío—. Había que esperar unos meses antes de volver a intentarlo, ahora con los embriones que quedaron congelados. Resultado de ese proceso con congelados: NEGATIVO. 

“¿Seguimos en la misma clínica? Venga, vamos ahora a la clínica en la que fulanita lo logró después de varios intentos fallidos en otras clínicas”. 

5 de mayo de 2009. “Estimada doctora: Adjunto a este correo le envío los resultados de los 23 estudios necesarios para iniciar la segunda fertilización in vitro”. Esto parecía una carrera de resistencia a la que había que poner una actitud positiva, requisito para lograrlo. Nuevamente, bombas de hormonas inyectadas durante 10-11 días para estimular la producción de óvulos; revisiones médicas —ultrasonidos transvaginales y muestras de sangre— casi todos los días. Luego la extracción de los óvulos de los folículos en los ovarios, a través de un procedimiento quirúrgico. Tres días después la transferencia de tres embriones.

Después de la transferencia, dos largas semanas de espera. Esta vez los síntomas eran distintos: a los pocos días comencé con señales de hiperestimulación ovárica —respuesta exagerada al exceso de hormonas— lo que me provocó dolor intenso e hinchazón del abdomen, entre otras cosillas. La buena noticia de tener esos síntomas era que probablemente se debían a que el o los embriones se habían implantado en el útero, eso encontré en Google. Dos semanas después, la prueba de embarazo. Lo recuerdo bien. A las 12:00 pm me llamó la doctora para decirme “felicidades, estás embarazada”. Luego de tres inseminaciones artificiales, dos fertilizaciones in vitro y cuatro años después de que iniciamos el proceso, quedé embarazada

Someterse a tratamientos de reproducción asistida no es una decisión fácil, tampoco una opción a la que todas las personas puedan recurrir —entre otras razones— porque son procesos costosos en el sector privado y de acceso muy restringido en el sector público. Sí, la infertilidad y el acceso a procedimientos de reproducción asistida también son problemas de justicia reproductiva. Además hay que lidiar con el estrés, el dolor, la incertidumbre y la hipermedicalización que significa pasar por esto. 

Desde distintos movimientos feministas se han ignorado las necesidades y vivencias de las mujeres infértiles. Alexandra Kimball en su libro La semilla. La infertilidad es una cuestión feminista, reconoce que “borrar a las mujeres infértiles del feminismo no sólo nos aísla, sino que empobrece el movimiento”. Hablar de estos procesos y de sus implicaciones en las personas que los recorren puede colaborar a romper con el estigma y a no tener que transitarlos en solitario. 

Verónica Esparza (@esparza2602) es abogada feminista en deconstrucción permanente. Necesita desayunar y un café para empezar el día. Forma parte del equipo GIRE.


25 enero 2023


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