RIP los 20’s, hello 30

RIP los 20’s, hello 30

Por Mariana G. Crisóstomo

Hace dos meses cumplí treinta años. El tercer piso. Y como en cumpleaños anteriores —los 15, la mayoría de edad, los 20— esperaba, sin decirlo en voz alta, una especie de evento canónico. Ese día sentirme como si en verdad nacieran todas las flores. No pasó. El día transcurrió normal, dentro de lo que cabe llamar “normal” en tu cumpleaños, porque siempre hay ciertos chispazos en la rutina, por ejemplo mi ventana en la oficina estaba decorada con un cartel gigante que decía “RIP los 20’s, hello los 30” —gracias Dianis y Ana por la sorpresa—. Pero ningún rayo. Ninguna señal. Solo yo, treintañera próspera y coqueta, preguntándome si alguien más había notado que no pasaba nada diferente.

Sin embargo, aquí está lo curioso, aunque ese día no tuvo nada de canónico, sí desató algo. Una serie de preguntas que no me han dejado en paz desde entonces. ¿Qué se espera exactamente de una mujer a los treinta? ¿Adónde se supone que vaya? ¿En qué debería estar invirtiendo mi energía a estas alturas?

No me gusta la respuesta que encuentro cuando miro hacia atrás. Las mujeres de la generación de mi madre, a los treinta, ya iban por su primer o hasta segundo hijo. Llevaban un buen tramo de matrimonio. La rutina de la familia tradicional las tenía perfectamente encarriladas, como un tren que sabe exactamente en qué estación se detiene. Miro también a mis contemporáneas, a mi círculo íntimo de feministas replanteándose la revolución relacional, buscando cómo satisfacer el deseo de pareja sin comprarse el paquete completo y, aun así, ninguna logra escaparse del todo de la propaganda tradicional. Yo incluida. Me cuestiono, me encierro en la culpa de no lograr lo que “debería” querer: buscar pareja, casarme y tener hijos.

Y ahí aparece, una frase puntual: ya te llegará. Como si negarte al camino “A” significa que no existe una meta “B”, como si todos los caminos —insisto, TODOS— llevaran a Roma, o sea: al matrimonio, a la maternidad, un mismo destino pero con distinto envoltorio. A veces lo dicen con lástima, como quien consuela a la no elegida en la tómbola de la familia tradicional. No te preocupes, ya te tocará tu afortunado. ¿Y si no quiero unx afortunadx? ¿Y si nunca llega y resulta que tampoco le estaba deseando en el fondo? Aun así, el fantasma de “la sabiduría” —esas mujeres mayores con la mirada de quien ya vivió todo— insiste: yo pensaba igual que tú y, mira, ya tengo cuatro hijos. ¿Y si de verdad no pensaban lo mismo que yo? ¿Y si mi manera de ser mujer, simplemente, no contempla ese destino reproductivo ni esa vida marital?

Que quede claro, no soy inmune. Cualquier comedia romántica en la que fulanita se topa con sutanito y viven felices para siempre me sigue emocionando. Pero cada vez me cuesta más creer que eso sea la crème de la crème (la flor y nata). ¿Y si el empeño que le pongo a mi vida profesional es mi versión de ese hijo que “ya me llegará”? No hablo de la girl boss (frase coloquial que refiere a una mujer empoderada) que las comedias románticas caricaturizan y siempre terminan castigando —haciéndola elegir, al final, al chico guapo—, hablo de algo más simple, decidir caminos B de la vida tradicional sin que eso me convierta en un caso de lástima.

Porque aquí está el otro filo del “ya te llegará”, viene con letras chiquitas adjuntas: lograr la verdadera adultez. Y mientras no la tenga, a veces pareciera que se percibe como vivir en una pausa. Puedo pagar renta, facturas, adquirir deudas, hacer literalmente todo lo que hace un adulto, pero como tengo roomies en lugar de marido, no estoy completamente jugando a la casita de la adultez. Los que ya se casaron, esos sí que viven en la casa de muñecas tamaño real.

Y entonces pienso en las comedias estadounidenses de los noventa, en esas mujeres seguras de sí mismas que vivían en Nueva York y disfrutaban de sus treinta, “los nuevos veinte”. Pienso en Carrie Bradshaw. ¿A ella también la miraban con esa mezcla de lástima y sospecha de infertilidad emocional? Puede ser, pero al final, ella también se casó. Todas se casaban. El amor, tarde o temprano, les llegaba. Y con ello el siguiente paso, la familia, los hijos, la maternidad.

Así que sigo aquí, con las preguntas que no me dejan en paz, columna en mano, preguntándome si lo único que en el fondo importa es encontrar pareja. ¿Por qué las mujeres de treinta que no buscan que les “llegue” nada siguen sonando a solteronas resignadas?

Hay algo más que no termino de digerir. Cuando alguien te desea un marido, una pareja, unx novix, sospecho que no es porque quiera verte enamorada. Es, más bien, un deseo de membresía, te están deseando el carnet al club de la adultez, que —sorpresa— viene con matrimonio y maternidad incluidos. Nadie te dice “que encuentres el amor porque es una experiencia que merece ser vivida”. Te dicen “ya te llegará”, y las palabras que no pronuncian, pero se sobreentienden: para que te cases, para que formes una familia, para que por fin cumplas con lo único que se supone que debías cumplir. Los treinta, entonces, no piden que ames. Piden que inviertas energía en “sentar cabeza”, lo cual pareciera que es sinónimo de casarse, ser madre, y solo eso es el éxito. En fin, Sara Ahmed dice que las feministas somos aguafiestas, puesto que, no contentas con lo establecido, con lo tradicional, nos ponemos a rezongar, nos enojamos, o al menos escribimos un blog para desahogarnos.

 

Autora

Fotografía de Mar. Ella es una mujer joven de piel blanca que tiene el cabello recogido. Usa lentes de armazón negro

Mar (@fi1igrana) gusta de discutir la película del momento y descubrir nuevas canciones. Admiradora de lxs escritorxs de ensayo. De día pide un americano bien cargado y de noche mezcal.

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