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La pandemia no tiene rostro de mujer

noviembre 1, 2020

Una pandemia no es una guerra, evidentemente. Pero sí una circunstancia extraordinaria que resulta tentadora narrar desde la hegemonía, a partir de las mismas historias y los mismos conceptos protagonistas una y otra vez: cubrebocas, curva de contagio, sana distancia, etcétera.

En La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich propone un discurso alternativo sobre la guerra. En contraposición a las historias que protagonizan jóvenes héroes y las estrategias militares que urden para derrotar al enemigo, existen otros aspectos de los que poco se habla. En el fondo de la memoria de las mujeres que la autora entrevistó para el libro, hay una experiencia de la guerra llena de colores y olores en detalle, de sentimientos que importan, en la que en todas las formas de vida humana y no humana sufren en silencio el estado permanente de alarma.

Si hacemos un esfuerzo por conocer otras realidades, inspirándonos en Alexiévich, debemos preguntarnos: ¿cuáles son esas historias alternativas y no tan socializadas durante esta emergencia sanitaria? Algunas de ellas son las que protagonizan las mujeres en cuyos cuerpos se encarnan procesos reproductivos únicos. Quiero decir: ¿en qué condiciones está iniciando la vida en nuestro país desde que comenzó la pandemia? ¿Cómo impacta el covid-19 en ese trágico fenómeno en el que se conjuntan el inicio de la vida y su propio final, la muerte materna?

 

Según datos de la Secretaría de Salud, la Razón de Mortalidad Materna (RMM) nacional había descendido paulatinamente en la última década, pasando de 43.7 muertes de mujeres por cada 100 000 nacidos en 2010 a 31.1 en 2019.  A pesar de ir a la baja, aún era un fenómeno con consecuencias devastadoras para la vida de cientos de familias año con año. Está además demostrado desde hace tiempo que la muerte materna en México impacta con total desproporción a mujeres indígenas.

Asimismo, antes de la pandemia, muchas de las mujeres que sobrevivían al parto —e incluso aquéllas que no lo lograban— se enfrentaban a la falta de calidad en la atención de la salud materna, traducida en violaciones a derechos humanos que constituyen violencia obstétrica. En la actualidad, la única fuente estadística oficial sobre violencia obstétrica en México es la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016 (Endireh), la cual ha permitido respaldar con cifras las historias de miles de mujeres que han levantado la voz —o callado durante años— sobre los regaños, gritos y otras humillaciones hechas por parte del personal de salud en la atención de sus partos. La Endireh 2016 arrojó, entre otros datos, que tres de cada diez mujeres que tuvieron un parto entre 2011 y 2016 fueron víctimas de maltratos durante la atención del mismo.

En abril de 2020 el Centro Nacional de Equidad de Género y Salud Reproductiva (CNEGSR) proyectaba, para el lapso entre abril y junio, aproximadamente 260 000 eventos obstétricos en el país: 235 000 nacimientos y cerca de 25 000 abortos. En la semana epidemiológica 38 de este año, la RMM era de 44.8, esto representa un incremento de 35.1 % respecto de la misma semana epidemiológica de 2019.

Durante la emergencia sanitaria del A H1N1 en 2009, la RMM en México alcanzó las 53.17 muertes maternas por cada cien mil nacidos vivos. Bastante nos habíamos recuperado desde entonces, pues el último año en que la RMM nacional se acercó más a la RMM actual de 44.8 fue, como ya adelantamos, en 2010.

A pesar de esto, el covid-19 sí ha modificado las causas por las que mueren las mujeres durante el embarazo, parto o puerperio. A partir de la semana epidemiológica 28, el virus se convirtió en la primera causa de muerte materna. Al 20 de septiembre del año en curso, la Secretaría de Salud reportaba un acumulado de 5810 casos de mujeres embarazadas o en puerperio con covid-19 en México. ¿Qué calidad en la atención de salud materna han recibido? No lo sabemos con certeza. Sin embargo, podemos especular que un porcentaje significativo de ellas haya sido víctima de violencia obstétrica, pues tenemos los datos previos reportados en la Endireh 2016, a los que se sumarían prejuicios en la prestación de servicios médicos a mujeres con un diagnóstico positivo de covid-19; o bien, se sumarían las precarias condiciones en que labora el personal de salud, condiciones acentuadas durante la emergencia sanitaria actual.

 

El 12 de abril, a pocas semanas de que el Consejo de Salubridad General declarara formalmente la emergencia sanitaria en el país, el CNEGSR emitió la primera versión de un Lineamiento. En él se clasifican los servicios de salud sexual y reproductiva como esenciales, con el objetivo de sentar las bases para garantizar su continuidad. Entre otras medidas, este documento propone agilizar la incorporación de parteras profesionales y enfermeras obstetras en la prestación de servicios de salud reproductiva y brindar la atención obstétrica de forma individualizada, con perspectiva de género y respeto a los derechos humanos. Sin embargo, dadas las condiciones preexistentes de desigualdad en el acceso a la salud —las cuales reconoce el propio documento— era previsible que un lineamiento fuera insuficiente para cumplir semejante cometido.

El Lineamiento del CNEGSR se actualizó el 20 de julio. Se retomaron entonces recomendaciones de derechos humanos, entre las cuales destacan: el derecho de las mujeres a que las acompañe una persona de su confianza durante el trabajo de parto y el respeto a su decisión sobre la interrupción del embarazo cuando está en riesgo su salud.

Al margen del total de muertes maternas que se acumulen durante el resto de la pandemia, estos estándares de derechos humanos seguirán siendo relevantes y tendremos que apostar a no dar ni un paso atrás —con o sin emergencia sanitaria— pues de ello dependerá que tengamos mejores esperanzas de no morir por causas relacionadas con el embarazo, parto o puerperio en una próxima pandemia.

 

La llegada del covid-19 y su rápida transmisión pueden desincentivar a las mujeres en la búsqueda de atención hospitalaria para la atención de sus embarazos y partos. Aunque en los últimos diez años los partos en casa han descendido hasta representar menos del 1 % del total de los nacimientos, el contexto ha provocado que resurjan las casas de parto y los partos en casa como alternativas seguras para la atención de embarazos de bajo riesgo. Así como las afectaciones a la salud materna se contraponen al discurso hegemónico de cubrebocas y curvas de contagio, estos partos en espacios no medicalizados se contraponen al discurso hegemónico respecto a la muerte materna y los riesgos del embarazo, parto y puerperio.

Si proseguimos el ejercicio de preguntarnos qué historias no hemos contado durante esta caótica situación, tal vez encontremos la respuesta en ese mínimo porcentaje de partos en casa, en los rostros de las mujeres que acompañan a otras durante sus procesos reproductivos. Pero tenemos que buscarla también en las situaciones de las que no hay registro oficial, en los rostros de otras mujeres embarazadas, con discapacidad, migrantes, en los de personas no binarias u hombres trans, y en todos los rostros que hoy escapen a este texto y a nuestras propias mentes.

 

Rebeca Lorea
Abogada por la Universidad Iberoamericana León y coordinadora de Incidencia en Política Pública de GIRE.

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