En México se le echa limón a todo. En GIRE le echamos feminismo a todo. Es una forma de vivir y convivir, tan cotidiano como el limón.

Hijo, serás un gran hombre.


Por Mariana Roca

“Me alegro que hayamos empezado a educar a nuestras hijas igual que nuestros hijos,
pero esto nunca funcionará a menos que empecemos
a educar a nuestros hijos como a nuestras hijas”:
Gloria Steinem, 2015.

Al día de hoy, muchas personas vivimos aterradas del impacto de las violencias machistas en la vida de las niñas, pero ¿qué provoca en el desarrollo de los niños?

Habrá quien diga que me haga cargo de que mi hijo no violente a sus hijas y ya está. Pero este tema va mucho más allá de la casa y de la crianza, porque el resultado de ésta no es responsabilidad exclusiva de la mamá. Hay un punto de quiebre en que les hijes dejamos de escuchar a nuestras madres y preferimos seguir a nuestros pares sin medir consecuencias.

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Qué miedo da que en un tontísimo “nos vemos a la salida” le abran la cabeza a uno de nuestros niños. Aterra que un día tenga tanto miedo de ser diferente que acceda a hacer algo que sabe que no está bien, a hacerse daño a sí mismo o hacerles daño a otres. Preocupa que deje de observar al mundo de forma reflexiva.

La buena noticia es que, si le echamos montón, podemos alcanzar sociedades más justas para todes.

¿Cómo?, pregunta usted, y yo, basada en un par de libritos que me han acompañado en los últimos meses, le respondo:

Vamos por excelente camino al enseñar a nuestras hijas a decir que no, dándoles confianza en sí mismas para que sepan manifestar cuando no están de acuerdo, para unirse y luchar contra el patriarcado. A la par, hemos enseñado a nuestros hijos que no es no, que el cuerpo de todas las personas es privado, que hay que escuchar y respetar todas las opiniones.

Sin embargo, desde muy temprano en la vida, la gente empieza a poner etiquetas que colocan diferencias donde no las hay. Ellos son fuertes, grandes y comelones. Ellas son hermosas, princesas, tan dulces. Proyectamos nuestros propios prejuicios en les niñes y les hacemos creer cosas que no son reales. Y aquí habrá que tener especial cuidado, porque por más deconstruides que estemos, hay reacciones sexistas bastante automáticas que nos traicionan a la menor provocación.

Todes necesitan conocer y experimentar cocinitas, pelotas, coches, bloques de construcción y muñecas por igual. Habrá quien pregunte con horror qué hace el niño con esa muñeca o por qué la nena trae los zapatos llenos de lodo. A todas esas personas habrá que regalarles una copia de ese librito de Iria Marañón, Educar en el feminismo o, de menos, recordarles amablemente que el tipo de juegos y actividades que desarrolla una persona no modifica su preferencia sexual y que, al final del día la preferencia sexual de una persona, aunque sea nuestre hije, no es nuestre pede.

 

Why is my boy playing with a barbie?

(¿Por qué mi niño está jugando con una Barbie?)

Por otro lado, se requieren referentes feministas, no sólo de mujeres triunfando a lo grande en el área de su elección, sino de hombres rompiendo con las reglas que el patriarcado les impone. Un ejemplo muy obvio es el papá que trabaja en casa igual número de horas que la mamá, que les quede claro desde un principio que no hay una inclinación natural de las mujeres a barrer y de los hombres a construir. Quizá lo más importante será reconocer a los hombres adultos de su familia como seres sensibles, inteligentes y responsables (social y afectivamente).

No esperemos a que lleguen a la adolescencia para hablar de esto. Invitémoslos a la reflexión crítica, a entender que la búsqueda de su propia libertad implica el respeto de la libertad de los demás. Evitemos en las pantallas y en la literatura los estereotipos de masculino y femenino, pero, por amor a las diosas, si tu hijo quiere ver princesas, ¡déjalo! Si quiere combinar colores, aliéntalo. Si no le interesa el futbol, no lo obligues, si prefiere cocinar, enséñale.

Nos toca eliminar cualquier ejemplo de “virilidad abusiva” en la medida de lo posible y HABLAR: hay que hablar sin parar de lo tóxica que es esa virilidad innecesaria, señalarla y subrayar que no tienen que adherirse a esas nociones, que ellos no tienen que demostrar que son “muy machos” para triunfar en un mundo que (lentamente) está cambiando. De hecho, adherirse a esas nociones de virilidad puede resultar riesgoso, pues el impacto negativo no recae sólo en les otres sino también en ellos mismos: “suicidios, acoso escolar, sufrimiento psicológico, violencia… la virilidad cuesta muy cara a los hombres y a la sociedad en general”, dice Aurélia Blanc en su libro Educar contra el machismo.

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El machismo disemina su mensaje muy explícitamente (los niños no lloran, no seas nena, qué mariquita) y también de forma peligrosamente silenciosa: cuando los niños van adoptando códigos y posturas respecto de la violencia, el sexo, la energía, la responsabilidad, las emociones. Quienes estamos criando niños tenemos que ser muy claras y descalificar de forma inteligente ese “habitus” para que no se cuele por debajo de nuestra puerta.

Según Aurélia Blanc “La virilidad es un ideal por definición inalcanzable”. Es decir, siempre habrá uno más fuerte, más valiente, más vigoroso. Al ser un ideal representa un nivel de exigencia imposible de alcanzar y deja a la mayoría en un estado de total vulnerabilidad. ¿Te suena, querida lectora? ¿Se parece en alguito al concepto de belleza, por ejemplo? Esa virilidad inalcanzable provoca que los niños se sientan inseguros y necesiten demostrar continuamente lo muy hombrecitos que son. Las campañas que se han generado en los últimos cinco años para visibilizar el problema y tratar de evitar que los hombres se adhieran a estas ideas no buscan sociedades igualitarias, sino prevenir suicidios en países como Gran Bretaña o Australia donde esa es primera causa de mortalidad entre hombres de 15 a 44 años. Las normas masculinas fomentan “la venganza, la negación de la depresión y de las enfermedades mentales”, continua Blanc. Estoy segura de que nadie desea eso para nuestros hijos.

Entonces, ¿qué hacemos?

  1. Déjalo llorar: es real que un niño que puede conectar con sus lagrimitas será un hombre emocionalmente más fuerte.
  2. Anímalo a expresar lo que siente: puedes preguntarle si está enojado porque peleó con alguien o porque lo regañaron; si está triste porque perdió un juguete; si está frustrado porque no consiguió alguna meta; si está contento de ir de fin de semana con los abuelos… Es necesario que tú verbalices para que sepa que esa es una buena forma de manifestar sus emociones. Nómbralas.
  3. Ayúdale a no tener miedo de sus emociones: las llamadas “emociones negativas” son totalmente aceptables. Pueden ser desagradables, pero eso no las vuelve malas. Incluso si le remueve cierta agresividad, no es motivo para sentirse avergonzado. Reconocer cómo se siente le permitirá manifestarlo de forma asertiva.
  4. Impulsa su autoconfianza: “un niño que es respetado, apoyado y valorado por quien es (y no por quien quisiéramos que fuera) corre menos riesgo de caer en la trampa de la masculinidad tóxica”, afirma Blanc.
  5. No lo maltrates: la violencia genera violencia e, incluso sin darnos cuenta, podemos hacer que un niño se sienta humillado. No se trata de sentir culpa sino de ir con cuidado con las palabras que empleamos para corregirlo, regañarlo y motivarlo.

 

Artículo escrito por Mariana Roca C. (@MarianaRocaC)

 

 

 

 

 

 

 

Mariana escribe y traduce. Su primer amor es la literatura, aunque todos los días la seducen los derechos humanos. En GIRE trabaja en la movilización de recursos.


5 agosto 2021


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