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Mujeres arrebatan la medalla de oro a la pandemia


Por Paco Cué

Hace pocos días concluyeron los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, y ya son muchas las voces que los califican como los juegos más feministas de la historia, comenzando porque la mitad de las y los atletas participantes eran mujeres —rosando la paridad con los hombres, lo que nunca había ocurrido—, o porque la gran mayoría de las 206 representaciones nacionales incluyó al menos a una deportista en su delegación.

Algunas de las mayores potencias olímpicas —Estados Unidos, Australia y Reino Unido— estuvieron integradas por más mujeres que hombres, y el comité organizador de los juegos en Japón animó a los países participantes a designar a una mujer y a un hombre para que —en pareja— llevaran la bandera de sus naciones en el desfile inaugural, y gratamente la mayoría de las delegaciones lo implementó.

Abanderados Juegos Olímpicos Tokio 2020

Nunca habían participado mujeres en tantas disciplinas diferentes como lo hicieron en Japón, y tampoco habían existido tantas disciplinas mixtas en las que compitieran equipos integrados por hombres y por mujeres, de manera paritaria.

El pulso feminista que marcó los Juegos de Tokio 2020 comenzó a sentirse incluso antes de la inauguración, cuando el Comité Olímpico Internacional se vio obligado a cesar al presidente del comité organizador por sus comentarios misóginos, nombrando en sustitución —por segunda vez en la historia— a una mujer como presidenta del comité organizador de las Olimpiadas.

También, cuando apenas arribaban las y los deportistas a Tokio, hicieron eco en todo el mundo los señalamientos de una nadadora española a quien le fue negada la posibilidad de llevar a su hijo en período de lactancia a la villa olímpica, poniendo sobre la mesa la discusión sobre la conciliación familiar.

Tal vez la mayor aportación feminista de la gesta deportiva en Japón fue convertir los Juegos Olímpicos en escaparate mundial para incordiar al patriarcado.

Las gimnastas alemanas plantaron cara al sexismo con un uniforme de cuerpo completo. El equipo noruego de balonmano femenil prefirió pagar una multa antes que usar el —me aseguran mis colegas limoneras— incómodo y diminuto traje que el reglamento les tenía curiosamente reservado sólo a las mujeres. Todas las atletas surcoreanas se unieron en apoyo a la tricampeona en tiro con arco violentamente atacada desde el machismo por usar una corta cabellera, en lo que fue un admirable derroche de sororidad.

Hubo muchas manifestaciones, estadísticas, acontecimientos y reivindicaciones feministas en Tokio —o con motivo de los juegos— como para relatarlas todas en este breve texto limonero, y sin duda quedan aún muchísimos pendientes (igualdad salarial, paridad entre entrenadoras y entrenadores, erradicación de conductas sexistas, etc.) para las futuras ediciones de las Olimpiadas, pero ahora debo aprovechar el poco espacio que resta para ponerme en mood filósofo.

Más allá del tradicional medallero por nacionalidades, récords y proezas de atletas, las recientes Olimpiadas fueron el escenario de un multitudinario e internacional debate en torno al mérito, la naturaleza de las reglas de competencia y la igualdad. En Japón compitieron no solamente atletas, equipos y países; en la arena se enfrentaron también creencias, prejuicios y razones en torno a la justicia: deportiva —evidentemente—­, pero también social.

La definición aristotélica señala que la justicia consiste en dar a las personas lo que merecen; darle a cada una lo que le corresponde. Igual a los iguales y desigual a los desiguales, en proporción a su desigualdad, pero… ¿qué es lo que le corresponde a cada persona? ¿En qué razones se funda el mérito? Aristóteles sostenía que, para poder hablar realmente de justicia, primero debería discutirse sobre el propósito de la cosa que habría de ser repartida, así como sobre las cualidades que se exigirían para determinar quién merece qué y en qué cantidad o proporción.

¿Cuál es el propósito de los Juegos Olímpicos? La respuesta va mucho más allá de simplemente premiar la excelencia deportiva. Pienso que la naturaleza misma de las Olimpiadas —el propósito detrás de organizar una competencia internacional— es honrar, admirar y reconocer algunas de las cualidades que son dignas de honor, admiración y reconocimiento.

No son propiamente las medallas de oro, plata y bronce lo que se reparte en las Olimpiadas. Más allá de quien haya conquistado el podio en alguna disciplina en específico, los Juegos Olímpicos versan sobre la naturaleza de la competencia, la razón detrás de las normas y de las condiciones bajo las que se compite. Antes, durante y después de cada competencia entra en juego y está siempre presente un debate sobre justicia e injusticias, y en Tokio los ojos del mundo estuvieron puestos en las condiciones bajo las cuales se obliga a competir a las deportistas.

A mí también me parece que la etiqueta de feminista es la más precisa para catalogar los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, al tiempo que resume perfectamente el principal motivo por el que serán recordados. El honor, la admiración y el reconocimiento se lo llevaron las mujeres que enarbolaron la bandera del feminismo en favor de la igualdad, la sororidad, el compañerismo y la corresponsabilidad, y en contra de la misoginia, el machismo y la injusticia de la que aún son objeto las atletas.

Cuando el mundo anticipaba que los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 estarían marcados y serían recordados por COVID-19, las mujeres le arrebataron la medalla de oro a la pandemia, llevándose consigo la gloria y admiración mundiales.

Por @PacoCue

Paco es politólogo por la UNAM. Le cuesta diferenciar de qué puede reírse y de qué no. Es parte del equipo de GIRE.


12 agosto 2021


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