En México se le echa limón a todo. En GIRE le echamos feminismo a todo. Es una forma de vivir y convivir, tan cotidiano como el limón.

#MiPrimeraMenstruación


Por Isabel Fulda

Los primeros recuerdos menstruales de quienes nacimos hace algunas décadas tienden a ser agridulces. Creo. O quizás en su momento la experiencia solo fue agria y confusa y es la perspectiva del tiempo —y los aprendizajes del feminismo— lo que nos permite en algunos casos recordarla y resignificarla con un poco de ternura o nostalgia y tal vez con mayor compasión hacia esas personas, igual y un poco torpes, pero bienintencionadas, que nos acompañaron en su momento. Progenitores que lloran conmovidos, que sueltan advertencias incomprensibles, que dan información con frecuencia incorrecta, incompleta o desordenada. Las amigas que muchas veces terminan por llenar los vacíos. La confusión, la vergüenza, la presión que representa estar pasando por ese momento que parece ser el punto de inflexión en la vida de las niñas, el más importante, el que nos hace “mujeres”. Toallas sanitarias ocultas en kilos de papel de baño, el eterno terror de mancharse, los consejos de todo tipo: no comer limón durante esos días, vestirse de rojo, ser, ante todo, discretas. En resumen, hacer lo que sea necesario para vivir la experiencia sin que nadie se entere, al menos no un hombre. 

Mucho ha cambiado con el tiempo. Sabemos que no todas las mujeres menstrúan, que no todas las personas que menstrúan son mujeres, que los cambios que enfrentan las personas en la adolescencia van mucho más allá de la aparición de esas primeras manchas de sangre tan cargadas de significado. Los procesos menstruales se han convertido en una parte importante de la conversación y de la manera en la que vivimos el feminismo en la vida cotidiana. Hemos pasado de esas primeras experiencias de confusión y un poco de miedo a impulsar la eliminación de impuestos a los productos menstruales, a hablar de manera abierta de la copa y otras alternativas de gestión menstrual, a presumir con orgullo cómo nuestras plantitas crecen mejor nutridas por esa sangre que tantos años nos repitieron que debía causarnos vergüenza. Hablar de menstruación —como de todos esos procesos y experiencias que nos piden vivir en silencio— puede ser poderoso y sanador. Hoy, la propuesta es empezar desde el principio. A continuación, reúno algunos testimonios de esas primeras veces, agradeciendo la confianza de todas las que me los compartieron. Nos encantaría conocer también tu historia de #MiPrimeraMenstruación. 

B. (45 años)

Eran los años ochenta, tenía 9 años y vivía con mi abuela y mi tía abuela, ambas nacidas a principios de 1900. El día que me bajó, como muchas, primero dudé sobre esa mancha café que apareció en mis calzones, no le di mucha importancia y seguí con mi día. Por la noche hubo una posada con mis vecinos, ahí una mujer me llamó en privado para decirme que tenía una mancha de sangre en la falda. Fui con mi tía abuela y ella me consiguió una toalla sanitaria y me la dio. Ya en el baño no sabía cómo ponerla, así que la lógica me dijo que la cinta adhesiva iba pegada al cuerpo, así no se movería. No les contaré la segunda parte de la historia; es decir, el momento en que tuve que quitarla. Solo diré que entendí muy bien cuál era la manera correcta de colocarla. En ese momento me dieron todos los consejos que necesitaba: no bañarme, no comer limón y pedir que en la farmacia me envolvieran las toallas en periódico para que nadie las viera. Luego en las scouts mucho mejores consejos de higiene. Al otro día, mi tía abuela anunció que había una nueva mujer en la familia. No lo entendí.

 

 

M (13 años)

Estaba en el trabajo de mi papá y cuando entré al baño me di cuenta de una gran mancha de sangre en mi ropa. Como pude, utilicé papel para contenerla y poder avisarle a mi papá. Él me abrazó con tanta fuerza que me sentí conmovida y comencé a llorar. En realidad, no sé por qué lloré, ni por qué él sintió tristeza. Él salió a comprar las toallas. Mi mamá luego me platicó que le había escrito para decirle que estaba en el súper y que no sabía qué tipo de toallas comprar, llevaba más de media hora tratando de decidir. Finalmente, ella le dijo cuáles. Yo no es que me sintiera mal en el momento ni nada, lloré porque mi papá me conmovió. Las primeras menstruaciones las odié, me manchaba todo el tiempo y me daba flojera ir al baño de la escuela para cambiar las toallas. Además, estaba en la primaria y pensaba que yo era la única, nadie hablaba de eso. Ahora que estoy en secundaria ya todas hablamos de eso y hasta me gusta, es el pretexto perfecto para no hacer la clase de deportes.

V (46 años)

No recuerdo que mis papás me hubieran dado mucha información sobre qué era la menstruación o qué le iba a pasar a mi cuerpo. Es más, no recuerdo que me hubieran platicado ALGO. En la enfermería de la escuela nos entregaron un folletito con información sobre la menstruación, pero nadie nos explicó más. Fue mi mejor amiga quien me “informó” sobre el tema: me explicó que nos saldría sangre y que por eso en esos días tendríamos que usar ropa de color rojo, por si teníamos un accidente. Mi primera menstruación fue a los 12 años, durante una boda en Cuetzalan, Puebla. Traía un vestido amarillo. Mi mamá me felicitó (no entendí por qué) y le contó a mi papá, lo cual me hizo sentir apenada. Cuando regresamos a Puebla, mis papás me regalaron una pulsera porque “ya era señorita”.

 

J (25 años)

Recuerdo que tendría unos 11 o 12 años cuando fue mi primera menstruación. Me encontraba jugando en el patio con mi hermano menor y una de mis primas, cuando sentí mojado y pensé que me había hecho ‘pipí’. De inmediato le hablé a mi mamá y fuimos al baño, cuando descubrimos lo que era, me puso una toalla sanitaria y seguí jugando normal con ellos. Mi mamá afortunadamente siempre me habló sobre sexualidad desde que era chiquita, y siempre lo hizo sin pena, como lo que es: algo natural y por lo que todas pasamos en algún momento de la vida. En cambio, la experiencia que tuvo mi abuelita fue muy distinta. Ella me contó que cuando tuvo su primera menstruación tuvo muchísimo miedo porque no sabía qué le estaba pasando y, cuando acudió con su madre, ella la golpeó por haber manchado su ropa y la cama, y jamás le dio una explicación, lo cual causó que se asustara más. Mi abuelita supo lo que era la menstruación por sus compañeras de la escuela.

 

M. (31 años)

Estaba en la secundaria. Tenía 12 o 13 años. Me acuerdo que un día una chica un poco más grande que yo presumía un tampón entre su círculo de amigas. Parecía una cosa divertida y colorida, como un dulce secreto de mujeres, y si bien sabía que tenía que ver con “la regla”, no tenía ni la más remota idea de lo que era. Unos meses después, me desperté con una alarmante mancha café en los calzones. Sangre. Sangre rara. Antes del desayuno intenté llamar la atención de mi mamá mientras ella atendía a toda la familia y también se preparaba para su trabajo (era maestra de primaria). Cuando tuvo un momento me puso atención. La llevé al pasillo y susurré al oído que estaba sangrando allí y que veía necesario ir al hospital para morir en paz, sin que nadie supiera que me había desangrado lentamente de la concha. Miró su reloj y sin más me llevó al baño, cerrando la puerta. En cuestión de segundos, mi madre (evangélica) estaba desnuda de la cintura para abajo con uno de esos coloridos tampones en la mano. Sin pena alguna, procedió a levantar una pierna en el inodoro para insertar el tampón, dejando el hilo de algodón colgando afuera. Yo no había visto mi propia vagina, y mucho menos la de otra mujer, así que estaba aterrorizada. Con mucha pena procedí a intentar la inserción acrobática, pero me dolía mucho. Ella suspiró y buscó dentro del cajón hasta encontrar otra cosa colorida -una toalla sanitaria. Me dijo que usara esa durante el día y en la noche íbamos al super por más. Se quitó el tampón de muestra, se subió el pantalón, se lavó las manos y salió del baño, dejándome con la toalla en mano. Al final aprendí a usar tampones y eventualmente la copa menstrual. Fue hasta los 20s que una novia muy paciente me enseñó cómo usar la copa, recordándome de mi primera regla y mi mamá tan pragmática aquella mañana.

S. (62 años)

En mi época no se hablaba nada de estos temas. Estudiaba en un colegio de monjas, iba en segundo de secundaria y todas mis amigas ya habían menstruado y me decían que, como yo no, no iba a poder tener hijos. Sentía un poco de miedo. Mi primera menstruación se presentó el día de mi cumpleaños 14. Recurrí a una de mis hermanas, no a mi mamá. Ella se encargó de darme información, bien poca, pero suficiente en esos momentos para mí. Cuando supo mi mamá, sólo me dijo que, si necesitaba saber algo más, le preguntara, pero eso sí, que tenía que cuidarme mucho. No me atrevía a preguntar de qué.  Todo lo que le faltó a mi mamá y hermana decirme lo averigüé con mis amigas de la secundaria que ya tenían experiencia en ello. El primer año ni lo sentí porque era muy irregular, a veces pasaban 2 o 3 meses sin menstruar y yo era la más feliz. Odiaba usar las toallas porque parecían sábanas tamaño king, las sujetaba como con cinco seguros para asegurarme de no traerlas como almohada. Sufría cada vez que tenía que ir a comprarlas a la farmacia porque las envolvían en papel periódico: me daba pena que la gente se enterara que estaba menstruando. Con mi hija fue diferente, ella fue quien me preguntó en cuanto se enteró del tema y fue una plática abierta. Le bajó tiempo después en una fiesta con sus amigas, cuando estaba por cumplir 12 años. Honestamente, sentí tristeza porque dejó de ser una niña libre de ese fastidio mensual.  

M. (41 años)

Me despertó un cólico a media noche. Tenía once años. Sabía lo que era la menstruación, pero nunca había sentido ese dolor y no sabía describirlo. Desperté a mi mamá y, como no le supe describir lo que sentía, se preocupó. Me dejaron acostarme en la cama de mis papás y yo me revolcaba como gusano con limón. Mi papá llamó a un médico amigo suyo que le dijo que me diera una buscapina y me llevara en la mañana a consulta. Mi papá se salió a buscar la buscapina a una farmacia. Era como 1989, no había farmacias 24 horas por todos lados, como ahora. Mientras daba vueltas buscando, empezó a sentir un dolor muy fuerte en el brazo izquierdo y optó por regresarse a la casa: ¡pensó que le iba a dar un infarto! A la mañana siguiente, mi mamá me llevó al pediatra y mi papá fue al cardiólogo. En el doctor, descubrí una manchita en mi calzón y entendí lo que me pasaba. A mi papá no lo dejaron salir del hospital. Esa semana lo operaron a corazón abierto porque tenía una arteria tapada. El susto le salvó la vida.

J. (29 años)

Tenía 11 años cuando fue mi primera menstruación. Nos habíamos mudado a otra ciudad unos meses antes y, de alguna manera que no recuerdo, me enteré que era la única de mi nueva escuela a la que aún no le había “bajado”.  Así que, a pesar de que sucedió en un viaje a las grutas de Aktun Chen con amigas y amigos de mi familia, que todo el camión en el que íbamos se enteró y de que me manché la ropa, sentí un extraño alivio mezclado con vergüenza. Nunca hablé de esto con nadie. 

 

A.( 32 años)

Tenía 12 años y estaba a una semana de ingresar a segundo de secundaria. Realmente me sentía preparada para el momento, pensaba que un día sentiría cómo un chorro recorría mi cuerpo para luego salirme de dentro. A mi madre nadie le había hablado del tema y, cuando tuvo la experiencia a la misma edad que yo, se asustó porque, al ver sangre, creyó que estaba embarazada y tenía miedo de la reacción de mis abuelos. Por eso, ella hablaba abiertamente del tema conmigo y desde siempre supe que una vez al mes ella sangraba y que eso les pasaba a todas las mujeres adultas. También atestigüé la experiencia de mi hermana y de la mayoría de mis primas y amigas cercanas. Además, en la primaria me hablaron del tema, como un asunto biológico y natural. Yo realmente ansiaba que llegara ese momento. Pese a que había escuchado que para varias era tortuoso, yo ya quería dejar de ser una niña.

Ese día, por alguna razón, me quedé sola en casa todo el día. Por la mañana vi un programa en la televisión de reflexología podal: dijeron que una zona del dedo del pie de las mujeres estaba conectada con los órganos reproductivos, así que yo subí los pies a la cama y me hice el masaje en ambos pulgares del pie, intentando seguir las instrucciones, al tiempo que por dentro pedía que ese día ya llegara. Por la tarde, fui al baño y miré mi pantaleta manchada de un color marrón; me sentí confundida, rasqué un poco con mis uñas, toqué y olfateé. No supe lo que era, pues no era roja brillante y la textura era espesa; ¡la sangre es líquida!, pensé yo, además, no sentí cuando salió. Finalmente, concluí que era la regla. Me puse muy feliz y agradecí que me hubiera pasado en casa. Realmente estaba muy contenta y durante mucho tiempo estuve convencida de que lo provoqué con el masaje a mis pulgares. Después, me cambié y tomé una de las toallas que usaban mi mamá y hermana, sólo seguí las instrucciones del empaque. Más tarde, regresó mi familia a casa. Mientras mi mamá cambiaba una colcha, se lo dije, al tiempo que sentía cómo mi cara se ponía caliente. Ella sólo me dijo que en esos días no era bueno bañarse y se aseguró (y sorprendió) de que supiera el manejo de una toalla sanitaria.

Así vivimos algunas de nosotras la primera menstruación, ¿y tú? Lee, comparte y cuéntanos usando el HT 👉#MiPrimeraMenstruación

Por Isabel Fulda, @IFulda

Isabel es zurda, miope, feminista y la humana de Uva, una perrita dálmata que todos los días la despierta temprano reclamando su desayuno.


16 octubre 2020


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